¡¡Ay chavalè, ay romalè!!

OPINIÓN | Tragedia en Roma

¡¡Ay chavalè, ay romalè!!

La madre de los cuatro niños fallecidos en el incendio de Roma. | AFP

La madre de los cuatro niños fallecidos en el incendio de Roma. | AFP

El himno Gitano dice en su estribillo: ¡¡Ay chavalè, ay romalè!! ¡¡Ay gitanos, ay mis niños gitanos!! A nadie he visto cantar esa letra trágica con tanto dramatismo como a Raya Rudikova, la hermosa gitana rusa que en el Congreso de Londres, en 1971, golpeaba con fuerza las maderas del improvisado tablao sobre el que interpretó el Himno recién creado por Jarko Janovic. ¡¡Ay chavalè, ay romalè!! Raya Rudikova, con las manos ensangrentadas, rugía como una loba acorralada recordando a su familia exterminada toda ella en los hornos crematorios que la infamia nazi había creado para exterminarnos, junto a los judíos, a todos los gitanos. ¡¡Ay chavalè, ay romalè!! Y las lágrimas corrían a raudales, como ríos infinitos, por sus mejillas curtidas por los aires irrespirables de una Europa recién salida de la Guerra más cruel, más sanguinaria y más racista que jamás nadie pudiera imaginar. ¡¡Ay mis niños gitanos!!, ¡¡Ay mis niños gitanos!! Mis niños gitanos consumidos en los hornos crematorios de la pira más infame, más criminal y asesina que ninguna mente diabólica pudiera erigir en honor de todos los demonios de mundo.

He pensado en aquel lamento desgarrador cuando he visto la fotografía espeluznante de la madre de los cuatro niños carbonizados en el campamento gitano de las afueras de Roma. Una madre que daba alaridos de agonía cuando la encontraron enloquecida queriéndose tirar sobre los rescoldos llameantes de lo que quedaba de su barraca construida con cartones y plástico. ¡¡Ay chavalé!! ¡¡Ay mis niños gitanos!! “Dejadme morir con ellos. No quiero vivir. Dejadme morir con ellos”, aseguran que decía la pobre desgraciada sumida en un infierno que ni el Dante hubiera sido capaz de describir. Mientras tanto, los cuerpecitos de Sebastian, de once años, de Fernando, de cinco, de Raúl, de cuatro y de Patricia, de ocho se consumían como pavesas sobre un montón de ascuas enrojecidas que rabiosas parecía que estaban siendo animadas por los soplidos de todos los racistas del mundo.

Pero ahora todo son lamentos. Lágrimas de cocodrilo que algunos derraman pretendiendo ocultar la parte de culpa que tienen en este trágico suceso. Alemanno, el alcalde de Roma, al que no le ha temblado la mano para decretar el desalojo de los campamentos gitanos establecidos en la capital desde hacía decenas de años, dice que el ayuntamiento pagará el traslado de los cuerpecitos carbonizados de los niños a Rumanía. Estos inocentes, a diferencia de los que expulsó Sarkozy el verano pasado, ya no podrán volver nunca a la Ciudad Eterna. Estos sí que han sido expulsados de Italia y de la vida para siempre.

El presidente de la República, Napolitano, ha sido más preciso. Le agradecemos que haya ido al tanatorio donde estaban los cuerpos de los niños achicharrados y haya pronunciado palabras de consuelo a la hermana que se salvó de la quema. Pero exigimos del Presidente que sus palabras reclamando de las autoridades italianas “establecimientos dignos y estables” no sean el mensaje ocasional que se debe pronunciar en momentos de tanto dolor. Porque los desalojos siguen practicándose en la Italia de Berlusconi y de su edecán el temible ministro del interior Maroni. Lo han denunciado personalidades de la vida política italiana que están fuera de toda duda: “Miles de gitanos han sido desalojados por la policía de sus campamentos y abandonados luego por las autoridades a su suerte en cualquier parte del territorio italiano”. Las consecuencias de esta política inhumana no se han hecho esperar: la familia rumana que ha sufrido esta horrible tragedia había sido desalojada de su campamento meses atrás.

A algunos nos duele hasta la voz de denunciar el mal momento por el que atravesamos los gitanos en muchos países europeos. Nos hemos desgañitado gritando en Roma, ante el histórico Coliseo, por la política racista que la Liga Norte impone al gobierno de Berlusconi. Y este verano hemos abarrotado las calles de París, pidiendo justicia ante el sagrado monumento de La Bastilla, para poner fin al desenfreno antigitano de Sarkozy. Pero de poco ha servido. Quiera Dios que la muerte de estos niños, tragedia que ya no tiene marcha atrás, no haya sido en balde y que el lamento de una madre destrozada ─¡¡Ay chavalè, ay romalè!! ─ conmueva las voluntades de quienes pueden poner remedio a esta alucinante situación.

 


Juan de Dios Ramírez-Heredia, abogado y periodista y ex eurodiputado.

¡¡Ay chavalè, ay romalè!!ultima modifica: 2011-02-09T23:27:00+01:00da paoloteruzzi
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